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viernes, 6 de febrero de 2015

Revolucionar el vino: Entre traiciones y tradiciones



En el escenario de Madrid Fusión 2015, David Muñoz, el cocinero de moda, distinguido con tres estrellas michelín, presentó lo que mucha gente de la prensa calificó como su revolucionaria propuesta para modernizar el mundo del vino:

Al igual que sus platos-lienzo evolucionan ante el comensal con distintas declinaciones de un mismo producto, los alcoholes entrarán en el juego en forma de un oloroso que el sumiller vierte de una pipeta en la boca del comensal, un chupito de sidra con sake, unas gotas de calvados sobre la lengua, y un riesling alemán con escamas de sal maldón.

Pajitas maceradas en los propios vinos, garnachas blancas que viajan de La Mancha a las Rías Baixas en una concha de ostra, cambios en la textura del vino con aceite de pepitas de uva, un elegante borgoña aliñado como una margarita con sal de gusano y jalapeños, un tokkay que se traslada a Marruecos y una garnacha de Madrid con aceite esencial de naranja y caviar cítrico...” (Europa Press)


Las reacciones no se han hecho esperar y las contra reacciones que denostan de los puristas, tampoco. En estos días twitter es un hervidero de opiniones a favor y en contra que van y vienen.

En una cosa estoy de acuerdo con Muñoz, es necesario darle una nueva visión al mundo del vino, no tanto como para que dedicarse a él sea la nueva profesión de moda, sino para acercar a los jóvenes al vino alejándonos de tantos dogmas que hacen que la cultura vinícola esté en una esfera distinta a la de la gente real.

Nunca he estado en desacuerdo con los cócteles de vino, todo lo contrario, creo que es una manera divertida de iniciar a los nuevos winelovers estableciendo un puente entre las bebidas refrescantes y fáciles de beber y los sabores y aromas del vino.

Ahora bien, he allí donde está el aspecto que no me gusta de la propuesta de Muñoz, las preparaciones con vino, debieran acercarnos al vino, no alejarnos de él. El cocinero madrileño reconoce que con su propuesta hay cosas que se pierden por el camino, el aroma es una de ellas ¿Y qué es el vino como experiencia sin sus aromas? Para mí, una bebida del montón, de modo que, siendo francamente elitesca, la propuesta del cocinero madrileño, vulgariza al vino alejándolo de su personalidad, de aquello que la hace una bebida sensual y a la que esperamos que se acerquen los que se inician en el mundo del vino.

El vino cambia, como cambian quienes lo hacen, los paladares de sus degustadores, el clima donde crecen sus vides; pero ese cambio del vino tiene sólidas raíces hundidas en una tradición y un terruño que habla de cientos de años perfeccionando una personalidad ligada a la tierra donde crece, a sus hacedores y a su historia.



De eso espero que me hablen los vinos que me bebo. Pero, sobre todo me gusta que lo hagan a su ritmo y al mío, porque si alguien viene y me introduce “la pipeta en la boca”, pensando que mi experiencia gustativa es como la de cualquier otro, olvida que conocer el vino, saborearlo, es un acto íntimo, cercano e individual. Se requiere tiempo y conocimiento para que los sentidos se preparen y se abran.

El vino no es algo místico e inaccesible. El vino es sensualidad a la que todos podemos acceder, pero conviene no olvidar que todos no nos entregamos a la sensualidad de la misma manera.  

Fotos: Europa Press y "Vin" por Glen Scott.






 "La comunicación es nuestro principal objetivo y sin vosotros no tendría sentido, gracias"





IN VINO VERITAS, LONGAE VITAE!)

martes, 21 de octubre de 2014

Los muchos primeros #vinos



Es sabido que a medida que la industria del vino en España se perfecciona y se hace competitiva al nivel de los grandes vinos del mundo, ha ido perdiendo, lamentablemente, consumidores.

Pese al crecimiento de la industria, en los últimos 12 años, el consumo de vino en España ha caído un 15%, según cifras de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV).

En esa pérdida de consumidores el mapa etario es claro, no es que la gente que bebía vino ha dejado de beberlo, es que los mayores mueren y los jóvenes no beben vino.

Con lo cual, recuperar el consumo de un producto identitario, tradicional y parte indiscutible de la dieta mediterránea, pasa por ganar nuevos consumidores, pero para ello hay que deslastrarse de todos los prejuicios que durante mucho tiempo han estado mermando la relación del vino y los jóvenes.

Primer supuesto: promover el consumo de vinos entre los jóvenes es equivalente a promover el alcoholismo.


Aunque el consumo del vino ha descendido, ello no supone un descenso en el consumo de alcohol por parte de los jóvenes. Por el contrario, se inician antes y con destilados de alta graduación.

Son muchos los factores que subyacen a un consumo desordenado y preocupante que hacen los más jóvenes del alcohol.  De allí, que defiendo que el vino no debe ser parte del problema, pero sí puede ser parte de la solución.

El problema de los jóvenes no es el consumo, sino la manera cómo se realiza ese consumo.

El vino es una bebida que invita al consumo atento y reflexivo. Es una forma de placer que está imbricada con la conciencia del placer. Sin hacerlo elitesco, la campaña para acercar a los más jóvenes al vino, debe estar enmarcada en el disfrute con todos los sentidos y en el conocimiento y amor por la cultura que lo rodea.

Segundo supuesto: ya puestos a beber vino, bebamos grandes vinos.


Si convenimos que el mundo del vino es un amplio espacio de conocimiento, también debemos convenir con que quienes se inician deben hacerlo desde lo más simple para poder ir hacia lo más complejo.

Sin obviar que existen diferencias particulares de gusto, el vino ideal para iniciados debiera ser fácil de beber, fresco, joven, seguramente afrutado.

Pienso incluso en vinos divertidos como los sparkling wines o los frizzantes de baja graduación alcohólica.  Muchos de ellos, no entran en la categoría de vinos según la OIV, porque su graduación está por debajo del 8,5% Vol,   pero son la oportunidad perfecta para que los más jóvenes disfruten de los sabores y los aromas más sencillos del vino sin la complejidad de las largas fermentaciones y crianzas.


Tercer supuesto: los cócteles con vino son una afrenta al  vino.


En este caso creo que nos pueden los prejuicios, los cócteles de vino existen, son parte de la tradición de consumo del vino y son una manera de beber y disfrutar el vino.

Cuántos vinos hay en el mercado que se promocionen como un buen vino para sangrías, tintos de verano, calimochos o naranjochos (no, no me invento nombres, preguntarle a un jovencito de qué se trata y te lo dirá, porque lo consume).

Parte de la educación vinícola de nuestros jóvenes debiera pasar por cuáles vinos para qué cosas y qué momentos para cuáles vinos.

Mi reflexión comienza por ser madre de un joven de 20 años y explorar su propia relación con el vino y la de sus amigos. Pero pretende ir más allá, España, según expone la OIV, se encuentra en un preocupante 19º lugar en el ranking de consumo mundial, muy por detrás de países no productores y sin tradición vinícola. ¿Qué estamos haciendo para formar a los nuevos consumidores quienes pretendemos difundir esta cultura? ¿O dejamos a los más jóvenes beber a su aire pensando que no son lo suficientemente dignos para apreciar el vino?

Fotografía de Pierre Gros Bajo licencia Creative Commons