Aunque parezca sorprendente, la
historia del vino en Venezuela no comenzó recientemente, sino cuando los
primeros monjes de la colonia intentaron plantar vides al norte del sur de la
América latina sin ningún éxito porque las condiciones climáticas le resultaron
absolutamente adversas.
La solución fácil fue importar
los vinos ya elaborados, pero el paso de los años demuestra que no se desistió
en el empeño y la industria vinícola venezolana se funda a mediados del siglo
XX a partir de mostos concentrados importados que realizaban la fermentación en
el territorio nacional.
El resultado era pobre, digamos
que bastante indeseable, a pesar de que el gobierno protegía a las bebidas
alcohólicas nacionales, la baja calidad de aquellos vinos no permitía decir que
había vinos de calidad producidos en Venezuela.
No obstante, ese no fue el fin
del camino, la investigación que se hacía desde las facultades de agronomía
permitió descubrir un territorio que tenía las condiciones climáticas y
agrícolas necesarias para la producción de vides.
Esa zona, ubicada cerca de la ciudad colonial de
Carora, en el Estado Lara tiene ciclos lluviosos y secos bien diferenciados,
suelos poco fértiles (ideales para el cultivo de la vid), una variación térmica
entre el día y la noche de más de 14 grados y el privilegio de 365 días de sol
al año, que garantiza al menos dos cosechas en el periodo.
El hombre detrás de esta aventura, alocada por
momentos, es el venezolano Guillermo Vargas, un ingeniero agrónomo,
especializado en viticultura y enología en la Universidad Politécnica de Madrid
y con pasantías en importantes bodegas en la Borgoña, quien con su tesis que
probaba la adaptación de ocho variedades de uvas en el territorio larense, dio
lugar a la idea de que la Viña Altagracia era un sueño posible.
Sin embargo, un soñador y un microclima prometedor requieren inversores dispuestos a asumir el
riesgo de producir vino en un país que tradicionalmente no lo hace.
Ese respaldo definitivo lo dieron las Industrias
Polar (con una extensa tradición en la producción de alimentos y bebidas en el
territorio nacional) y la francesa Martell. Así nació en 1985 Bodegas POMAR.
Después de probar el arraigo de 22 variedades de
cepas europeas, ocho de ellas se siguen produciendo con cuidadoso empeño, por
ser las que mejor se adaptaron al clima y los suelos de Altagracia, tales son:
Syrah de Côtes du Rhone, Petit Verdot de Bordeaux, Tempranillo de Rioja,
Sauvignon de Bordeaux, Chenin Blanc del Valle de Loire, Macabeu de Penedés,
Malvoisie de Languedoc-Roussillion y Muscat D’Petit de Frontignan.
Hoy, con el 100% del respaldo de Empresas Polar, se producen tres vinos jóvenes: un frizzante y
un blanco y tinto tranquilos; cuatro monovarietales de sauvignon blanc, petit
verdot, syrah y tempranillo; cuatro espumosos con el método tradicional: brut,
demi-sec, brut nature y brut rosé; además de un brut “edición especial” y un
reserva tinto con 60% petit verdot, 30% syrah y 20% tempranillo.
A pesar de ser una pequeña producción, la
competitividad de los vinos de Bodegas Pomar, está respaldada por las medallas
logradas en concursos internacionales en los que se han impuesto sobre vinos
producidos en países con larga tradición vitivinícola.
La magia de estos vinos producidos con el empeño de
los soñadores está en su diferencia, nuestra tierra es diferente a la de los
tradicionales productores, en consecuencia sus vinos también lo son. En ello centra Pomar su apuesta para que los
vinos venezolanos y sobre todos nuestros bien logrados espumantes, se abran
paso en el mercado internacional entre aquellos que buscan novedad y
diferencia, unida a un savoir-faire indispensable para sobrevivir en el cada
vez más exigente territorio de los vinos de calidad.
IN VINO VERITAS, LONGAE VITAE!))
"La comunicación es nuestro principal objetivo y sin
vosotros no tendría sentido, gracias"
IN VINO VERITAS, LONGAE VITAE!))

